Las mujeres que sostienen los mercados de Quito
Alrededor del 90% de las personas comerciantes que trabajan en los mercados de Quito son mujeres y desempeñan sus actividades en condiciones laborales exigentes. Según el INEC, las mujeres realizan el 80% de las actividades dentro del hogar, un trabajo no remunerado, manteniendo una doble presencia. Por cada 100 horas de trabajo no remunerado, las mujeres realizaron 75, se puede decir que ellas dedicaron 28,7 horas semanales, mientras que los hombres dedicaron 11,4 horas. Esta realidad también se refleja en las trabajadoras dentro de los mercados de Quito, donde la mayoría de mujeres, aparte de cumplir con su trabajo en el campo productivo, fuera de casa, cumplen con el trabajo en el campo reproductivo dentro de casa.
Mientras la mayoría de personas descansan después de terminar un día más de sus actividades, hay otras que inician su jornada laboral.
Las calles de Quito, silenciosas y oscuras, se preparan para recibir a estas mujeres luchadoras, que sin importar el frío y el miedo a la inseguridad, salen de sus casas a proveerse de productos que llevarán a sus puestos de trabajo.
Aún, el sol no ha hecho presencia, sin embargo, ellas ya están acomodando todo para recibir a sus primeros clientes; «venga venga mi caserita», «señorita linda lleve fruta fresca está. aun buen precio», «lleve con unita más», son algunas de tantas frases que utilizan para atraer a su clientela.
Dentro del Mercado Chiriyacu, trabaja Ana Chanatasi junto a su madre, ella creció entre frutas y hortalizas. El trabajo en el mercado no es fácil. Ana es madre soltera y ha sacado adelante a su hija con mucho esfuerzo, pues en el mercado se trabaja todos los días desde las tres de la mañana, y no se tiene un horario fijo de descanso, «nosotros no descansamos» dice Ana.

Al igual que ella, en el Mercado de San Roque, trabaja Verónica Correa, ella es madre de dos, la primera ya está casada y la segunda apenas tiene 14 años y está estudiando en el colegio. Verónica madruga a las tres de la mañana todos los días en el mercado, ella vende carbón en un puesto que heredó de su difunta madre. También es madre soltera, y solo ha conseguido sacar adelante a sus hijas, la mayor ya es profesional.


Las mujeres que trabajan dentro de los mercados de Quito tienen su rutina por más de 20 años, su día comienza a la madrugada todos los días y salen al finalizar la tarde a excepción de Nelly Iza, ella trabaja en la feria libre de la Ofelia los días jueves, viernes y sábado por más de 35 años. Nelly vive en Latacunga pero los días de Feria se queda en Quito. Cuando el mercado cierra sus puertas, duerme dentro de su puesto, acomodando un espacio de descanso entre cobijas y lonas, «cuando mis hijos eran pequeños, dormíamos todos dentro del puesto los días de feria» dice Nelly.

El trabajo dentro de los mercados es muy fuerte. Las mujeres tienen que cargar lonas pesadas, madrugar, soportar fríos y muchas veces, mantenerse de pie por largas jornadas.
Años atrás, el trabajo en el mercado, en su mayoría informal, era aún más duro, las personas trabajaban sin un techo o vendiendo en la calle, soportando todos los cambios climáticos, pero aún así no podían retirarse a sus casas, los productos tenían que venderse, pues necesitaban el dinero para llevar el pan a sus familias, también detrás de ellas, estaban las deudas que había que pagar.

De acuerdo con el estudio titulado, Análisis de las condiciones de vida de las mujeres comerciantes del mercado de iñaquito en el DQM desde una perspectiva de género, a través de un enfoque interseccional , los mercados populares son espacios donde se distribuyen cierto tipo de alimentos y productos básicos desde una manera tradicional de producción y comercio, además de su función económica, los mercados son espacios en donde existe una interacción social y cultural entre las personas.

En estos espacios se crean dinámicas económicas y sociales, los cuales no replican solo en la lógica del mercado formal, sino que integran diferentes prácticas que están basadas en tradiciones, redes familiares y formas de organización propias de los sectores populares.

El trabajo para estas mujeres no termina a las cinco o seis de la tarde que cierra el mercado, pues el trabajo continúa dentro de sus casas, cocinando, lavando y realizando quehaceres domésticos, esta rutina es considerada como la doble presencia que enfrentan todas las madres independientemente de su profesión o de su puesto de trabajo, todos los días.
La doble presencia, según la obra Mamás y periodistas: el gran desafío de maternar y de informar que habla sobre el trabajo femenino, es considerada la principal característica del trabajo femenino, ya que las mujeres salen a trabajar al campo productivo, fuera de casa, y forzosamente tienen que regresar al campo reproductivo, dentro de casa, independientemente del trabajo que ellas realicen.
Según el INEC el trabajo no remunerado (TNR) son diferentes actividades domésticas que a pesar de no recibir una remuneración económica, son consideradas importantes para el buen vivir dentro de sus hogares. Existen diferentes actividades, entre ellas están: cocinar, limpieza de la casa, cuidado de los hijos o cuidar de un familiar que tenga discapacidad. A pesar de que siempre ha sido invisibilizado, este trabajo no remunerado es muy importante para la economía y para la integración de la ciudadanía en la sociedad.
Los datos recopilados por el INEC dan visibilidad al trabajo no remunerado que realizan las mujeres en la vida diaria, además de indicar la desigualdad de género que todavía sigue existiendo.

La doble presencia es una realidad presente en la cotidianidad de muchos hogares ecuatorianos. Las mujeres suelen responder simultáneamente a las exigencias del trabajo remunerado y a las responsabilidades domésticas, una dinámica que, según la psicóloga clínica Carolina Sánchez, atraviesa todos los contextos familiares del país.
Las consecuencias de esta sobrecarga se evidencian en las esperiencias diarias de las comerciantes. Cuando termina la jornada en el mercado, muchas de ellas regresan a casa para asumir nuevas responsabilidades. Ana Chanatasi es una de esas mujeres.

Alas cinco de la tarde cuando el mercado Chiriyacu cierra sus puertas, Ana vuelve a su hogar para iniciar una segunda jornada: cocinar, lavar la ropa y limpiar la casa. Cuando y hija pequeña, la dejaba al cuidado de su hermana; al salir del mercado, la recogía y continuaba con las tareas de cuidado.
Para muchas comerciantes, la jornada laboral no concluye cuando cierra el mercado. Después de varias horas de trabajo remunerado, continúan con los quehaceres domésticos o preparan los productos para el día siguiente. Esta rutina reduce significativamente sus horas de descanso y limita sus posibilidades de recuperación física y emocional.
Tras años de exposición a esta dinámica, los efectos comienzan a manifestarse. Carolina Sánchez señala que la doble presencia puede provocar estrés crónico, ansiedad y agotamiento extremo y sentimientos de culpa cuando las mujeres sienten que no logran responder a todas las exigencias que recaen sobre ellas.
A esta carga doméstica se suma otra responsabilidad fundamental: el sostenimiento económico del hogar. Muchas de las mujeres que trabajan en los mercados son jefas de hogar y dependen de sus ingresos diarios para garantizar el bienestar de sus familias. Por ello, incluso cuando están enfermas, continúan asistiendo a sus puestos de trabajo. Esta realidad no es reciente. Responde a desigualdades históricas que han acompañado el trabajo femenino durante décadas.
Desde el ámbito institucional, Francisco García, jefe zonal de los mercados del centro-norte de Quito, reconoce que muchas comerciantes enfrentan condiciones laborales exigentes y responsabilidades familiares.
Más allá de las cifras y de la mirada institucional, las historias de familiares de las comerciantes revelan cómo estas responsabilidades han sido asumidas por las mujeres durante generaciones. Ana Chanatasi recuerda la vida de su madre, María Rosario, una mujer que, siendo cabeza de hogar, trabajó incansablemente para sacar adelante a su familia, incluso en medio del agotamiento y las dificultades económicas.
El relato de Ana muestra que la doble presencia no es una realidad reciente. El trabajo femenino ha estado marcado por largas jornadas, sacrificios personales y la responsabilidad de garantizar el sustento del hogar.
Las historias de mujeres como María Rosario, madre de Ana, evidencian una realidad que trasciende el ámbito de los mercados. Cada vez más mujeres asumen el rol de principales responsables económicas de sus hogares, al tiempo que continúan desempeñando tareas de cuidado y trabajo doméstico no remunerado. Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) reflejan esta transformación y la creciente participación femenina en el sostenimiento de la economía familiar.

Las cifras del INEC evidencian una mayor participación de las mujeres en el sostenimiento económico de los hogares ecuatorianos. Sin embargo, este avance no ha estado acompañado de una redistribución equitativa de las tareas de cuidado y del trabajo doméstico, responsabilidades que históricamente han recaído sobre ellas.
Según el estudio titulado Análisis de las condiciones de vida de las mujeres comerciantes del mercado de iñaquito en el DQM desde una perspectiva de género, a través de un enfoque interseccional, históricamente las mujeres se han enfrentado a desigualdades derivadas de roles de género en el área laboral. A partir de la desigualdad sexual del trabajo, a las mujeres se les ha dado principalmente la responsabilidad de cuidar su hogar y la crianza de los miembros de la familia. Debido a ello, durante muchos años se ha limitado su participación en actividades productivas y en la generación de ingresos.
La doble presencia también adquiere características particulares según las condiciones de vida de cada mujer. En el caso de Nelly Iza, los días en que no trabaja en la feria libre están dedicados al mantenimiento del hogar. Además de cocinar, limpiar y realizar las tareas domésticas, se encarga del cuidado de sus pollos y chanchos, actividades que representan otra fuente de ingresos para su familia.
Situaciones como la de Nelly evidencian que la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado no ha significado una redistribución de las responsabilidades dentro del hogar. A pesar de contribuir económicamente al sustento familiar, muchas continúan siendo las principales encargadas de las tareas domésticas y de cuidado. Para la psicóloga clínica Carolina Sánchez, esta desigual distribución de roles evidencia que las responsabilidades domésticas continúan recayendo principalmente sobre las mujeres, incluso cuando estas participan activamente en el trabajo remunerado.
Esta realidad explica por qué la doble presencia continúa afectando la vida cotidiana de miles de mujeres, quienes deben responder simultáneamente a las exigencias del trabajo remunerado y a las responsabilidades que tradicionalmente se les han asignado dentro del hogar.
Según el Plan de Comercio 2024-2028, el Municipio del DIstrito Metropolitano de Quito administra 52 espacios de comercialización entre mercados y ferias. Además, se estima que más de 11.000 personas trabajan en estos lugares, los cuales proveen alrededor del 60% de los alimentos que circulan en la ciudad.
Los jefes zonales de los mercados de Quito son responsables de la organización administrativa de estos espacios. Entre sus funciones se encuentran supervisar el cumplimiento de las normas de higiene y seguridad, atender las necesidades de los comerciantes, reportar daños en la infraestructura y ejecutar acciones relacionadas con el control, mantenimiento y gestión comercial.
Dentro de las actividades realizadas por los jefes zonales de los mercados de Quito es la implementación de los Wawa Centros, que sirven como apoyo para las mujeres comerciantes que tienen hijos de edades entre uno y tres años, sin embargo, no existen en todos los mercados de Quito estos centros infantiles.
Las mujeres que tienen hijos menores de un año y mayores de tres años deben permanecer con ellos en sus puestos de trabajo o buscar la manera de que algún familiar pueda ayudarlas con su cuidado. La conciliación entre la maternidad y las exigencias laborales continúa siendo un desafío cotidiano para muchas comerciantes, quienes deben resolver estas responsabilidades con los recursos que tienen a su alcance.


En este contexto, Israel Coronel, jefe zonal de mercados del sur de Quito, señala que los conflictos dentro de los mercados son poco frecuentes. De hecho, las ordenanzas municipales prohíben cualquier tipo de pelea o agresión entre comerciantes.
Según el funcionario, las problemáticas que afectan a las comerciantes suelen manifestarse con mayor frecuencia fuera del espacio laboral, particularmente en el ámbito familiar. Esta situación evidencia la importancia de contar con redes de apoyo y acceso a acompañamiento psicológico para las mujeres que enfrentan dificultades en sus entornos personales.
Frente a esta realidad, Israel Coronel asegura que, desde la administración municipal, se procura canalizar apoyo psicológico y orientar a las comerciantes hacia los servicios disponibles cuando estas lo requieren.
No obstante, esta percepción no es compartida por todas las comerciantes. Verónica Correa sostiene que, durante los años que ha trabajado en el Mercado de San Roque, no ha observado este tipo de apoyos institucionales.
A la doble presencia que enfrentan las comerciantes se suma el desgaste físico derivado de sus condiciones de trabajo. Las madrugadas constantes, la exposición al frío, la carga de lonas pesadas, las extensas jornadas de pie y las pocas horas de descanso tienen consecuencias en su salud. Con el paso del tiempo, muchas desarrollan enfermedades crónicas y padecimientos físicos asociados tanto al esfuerzo laboral como a la limitada atención que dedican a su propia alimentación y bienestar.
Las secuelas del trabajo son visibles en los cuerpos de las propias comerciantes. Nelly Iza fue sometida a una cirugía de columna después de años cargando peso y realizando esfuerzos físicos constantes. Ana Chanatasi sufrió un desvío en la columna, mientras que Verónica Correa convive con problemas de artritis y frecuentes dolores de espalda.
A pesar de estas afecciones, ninguna ha dejado de trabajar. La necesidad económica y la responsabilidad de sostener a sus familias hacen que continúen con sus rutinas diarias, incluso cuando el dolor forma parte de ellas.
Cuando aparecen problemas de salud, acceder a atención médica oportuna representa otro desafío. Varias comerciantes consideran que los servicios públicos implican tiempos de espera prolongados, por lo que suelen recurrir a farmacias, consultas privadas o remedios tradicionales para aliviar sus dolencias.
Ana Chanatasi explica que, en muchas ocasiones, prefieren tratarse con remedios caseros, antes que hacerse atender en el seguro, o en un centro de salud, ya que consideran lento y difícil de compatibilizar con sus jornadas de trabajo.
Desde el Municipio de Quito, Francisco García señala que anteriormente se realizaban brigadas médicas dirigidas a las comerciantes. Sin embargo, asegura que la reducción del presupuesto ha limitado la frecuencia de estas iniciativas.
En la misma línea, Israel Coronel sostiene que la administración municipal procura gestionar apoyos cuando las comerciantes los requieren.
No obstante, la percepción de las trabajadoras no siempre coincide con la versión institucional. Verónica Correa afirma que, durante todos los años que ha trabajado en el Mercado de San Roque, nunca ha recibido atención médica ni ha observado este tipo de acompañamiento por parte del Municipio. Cuando enfrentó problemas de salud, fue ella misma quien tuvo que asumir los gastos y buscar alternativas para continuar con su tratamiento.
Sin embargo, la enfermedad tampoco representó una pausa en su vida laboral. Verónica fue diagnosticada con cáncer nivel II y un tumor en el útero de 7 cm. Aun en medio de las complicaciones derivadas de la enfermedad, continuó asistiendo
Hoy, después de haber sido operada y superar la enfermedad, Verónica continúa trabajando en el mercado. Su historia evidencia las escasas posibilidades que muchas comerciantes tienen de interrumpir sus actividades laborales, incluso frente a enfermedades graves.
La historia de Verónica evidencia que, para muchas mujeres comerciantes, incluso una enfermedad grave no significa la posibilidad de detenerse. El trabajo continúa siendo una necesidad impostergable y, en muchos casos, la única garantía de sustento para sus familias.
Los mercados populares de Quito son espacios vivos que impulsan la economía popular y constituyen el sustento de miles de familias. Más allá del intercambio comercial, son escenarios donde se transmiten saberes, tradiciones y formas de organización construidas a lo largo del tiempo. En muchos casos, los puestos pasan de madres a hijas como una estrategia de subsistencia familiar, evidenciando la continuidad histórica del trabajo femenino dentro de estos espacios.

Aunque sus historias son diferentes, las trayectorias de estas mujeres comparten experiencias comunes. Nelly Iza heredó de su madre no solo un puesto de trabajo, sino también una forma de sostener a su familia a través del esfuerzo diario.
Ana Chanatasi creció entre frutas y hortalizas observando el trabajo de su madre. Con el paso de los años, asumió la continuidad de ese legado junto a su madre y hoy también es cabeza de hogar.
De manera similar, Verónica Correa continúa con una actividad que formó parte de la historia de su familia. El puesto que heredó de su madre se convirtió en el medio para sacar adelante a sus hijas y sostener su hogar.



Las historias de Ana, Nelly y Verónica evidencian una realidad que permanece poco visible: detrás del funcionamiento cotidiano de los mercados existe una extensa jornada de trabajo sostenida, en gran medida, por mujeres. Su aporte no solo dinamiza la economía popular y abastece a la ciudad, sino que también sostiene el cuidado de sus hogares. Reconocer estas experiencias implica comprender que la doble presencia continúa siendo una expresión de las desigualdades de género que persisten en la sociedad ecuatoriana.

