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La Mariscal: un barrio que se niega a morir

De ser el barrio residencial de la clase alta quiteña, a inicios de los setenta, para ser zona rosa y hoy convertirse en un sector que sobrevive, intentando hacer frente a la delincuencia y anhelando que la reactivación económica vuelva. A pesar de las dificultades, aquí, varios comercios, dependencias y familias siguen en pie, sorteando los embates que trajo la pandemia y la falta de atención integral y sostenida de las autoridades. 
Por: Fernanda Maura

Atrás quedaron los días en que el barrio La Mariscal, ubicado en el centro norte de Quito, era la zona rosa de la capital; ese lugar infaltable en las guías de viajes y parada obligada para quienes querían descubrir cómo vibraba la noche quiteña. Sus días de esplendor pasaron, hoy su reflejo se debate entre el abandono y un futuro incierto. 

Para algunos de sus vecinos, la situación actual que vive el barrio, caracterizada por locales cerrados, escasa afluencia de visitantes y delincuencia tiene que ver, en primera instancia, con la pandemia y también con la falta de atención por parte de las autoridades. 

Antes de inicios del 2020, cuando la pandemia se instaló en el mundo, La Mariscal era un punto de encuentro constante. “Antes de la pandemia se podía notar mucha afluencia de personas. Era muy concurrida la zona, no solo en fechas especiales, sino semana tras semana”, recuerda Steven Caso, habitante del sector. Sin embargo, el golpe económico que significó la pandemia dejó cicatrices profundas. “Los locales empezaron a cerrar y, poco a poco, la gente se fue de la zona. Ahora no hay muchas personas debido a factores como la delincuencia”, añade con resignación.

Steven destaca a la inseguridad como uno de los problemas que, actualmente, está afectando con más fuerza al barrio.  “Ahora no hay muchas personas que vengan a visitar, por la delincuencia y el microtráfico. El Municipio debería reforzar la seguridad y volver a abrir los lugares de diversión sin tanta represión”, manifiesta. 

Con esto concuerda Janeth Cevallos, quien se dedica a cuidar autos en el sector. “Antes había más movimiento, más turistas, más fiestas. Ahora pasa casi botado, por lo que no hay nada”. Opina que la delincuencia cambió por completo el rostro del barrio. “A veces ni la policía se asoma, deberían hacer más control. Una ya no se siente segura”.

En contraposición a esto, Andrés (nombre ficticio) quien vende libros de segunda mano en la zona, opina que, a pesar de que el flujo de clientes bajó en los primeros años posteriores a la pandemia, este se ha mantenido desde ese momento hasta la actualidad. Considera que las drogas y la venta de alcohol no afectan la vida del barrio. “La Mariscal siempre ha sido una zona rosa, entonces no creo que afecte en nada”, afirma. Asimismo, considera que el Municipio debe garantizar la seguridad en la zona. 

Por su parte, José Antonio Galdo, propietario de un centro de copiado, ubicado en el sector, opina que desde inicios de 2025 ha empezado una relativa reactivación, marcada por un panorama con menos locales vacíos y menos delincuencia. A pesar de eso, Galdo menciona que las condiciones actuales hacen que mantener un negocio sea un desafío por los altos costos del arriendo y la falta de seguridad efectiva. “Los policías son respetuosos, pero los mecanismos no son suficientes. Hace falta más educación y medidas correctivas reales”, opina.

Para Luis Andrade, presidente del Comité Barrial de La Mariscal, desde hace cinco años, el problema va más allá de la inseguridad. “Aquí no solo estamos hablando de robos o delincuencia, sino del abandono progresivo de un barrio que fue planificado para vivir, no solo para el ocio”, señala. Andrade explica que muchos vecinos se han ido porque ya no se sienten respaldados por las autoridades. “Los residentes sentimos que La Mariscal quedó en tierra de nadie. Hay operativos momentáneos, pero no una política sostenida de recuperación”.

A pesar del panorama complejo, asegura que los vecinos tienen esperanza en el cambio. “Aquí todavía hay familias, comerciantes y colectivos culturales que creen en el barrio. Lo que necesitamos es que se nos escuche y que la recuperación no sea solo policial, sino social, cultural y económica. La Mariscal no está muerta, está resistiendo”.

De acuerdo con información entregada por la Administración Zonal La Mariscal, durante el periodo comprendido entre enero a julio de 2025, La Mariscal se ubicó como el tercer barrio con mayor incidencia delictiva de Quito, con 317 casos registrados entre robos, violencia intrafamiliar, microtráfico y porte ilegal de armas. 

Según una nota publicada en diario El Comercio, se estima que cada año cerca de 2000 personas abandonan La Mariscal. Basta con caminar por sus calles más céntricas para evidenciar esta realidad, caracterizada por bienes vacíos y con notorios rasgos de descuido y abandono. 

Sin embargo, recorrer el barrio hoy, no es solo encontrarse con calles abandonadas y letreros de venta en las ventanas de las edificaciones, también es descubrir bienes patrimoniales que hablan de un pasado de esplendor. A inicios del siglo XX, La Mariscal fue un barrio residencial habitado por las élites de la ciudad, quienes impusieron una arquitectura estilo europeo. Según el Instituto Metropolitano de Patrimonio, en esta zona existen 188 bienes patrimoniales, el 98% de estos son propiedad privada. El hecho de que en el barrio existan bienes patrimoniales, obliga a que la intervención que tanto se espera para frenar la delincuencia y reactivar la economía, no solo se enfoque en estos dos ámbitos, sino también en la preservación del patrimonio. 

Otra de las problemáticas que afectan al barrio es la presencia de personas en situación de calle, quienes se ubican en distintos puntos, especialmente, en zonas de alto tránsito.

Carlos Montoya, de 47 años, duerme desde hace más de dos años en los alrededores de la avenida Amazonas. Llegó a La Mariscal tras perder su trabajo durante la pandemia. “Antes aquí había movimiento, trabajo, gente que ayudaba. Ahora la zona está vacía y uno pasa desapercibido”, cuenta mientras acomoda sus pocas pertenencias en una mochila desgastada.

Asegura que la inseguridad afecta tanto a vecinos como a quienes viven en la calle. “Aquí no solo roban a los locales, también entre nosotros hay problemas. No hay control, ni apoyo. A veces la policía solo viene a sacarnos”, dice. Pese a su situación, Carlos afirma que La Mariscal sigue siendo un punto estratégico para sobrevivir. “Aquí al menos pasa gente, hay estudiantes, algo se mueve. Si este barrio se levanta, muchos de nosotros también podríamos salir adelante”.

María Lema, de 52 años, vive en los alrededores de la Plaza Foch desde hace aproximadamente un año. Llegó al sector luego de separarse de su familia y quedarse sin un lugar donde vivir. “Yo no estaba en la calle, pero la vida se me vino abajo. Aquí me quedé porque es un sitio conocido y algo seguro durante el día”, relata.

Señala que las noches en La Mariscal son difíciles. “Cuando oscurece ya no hay gente, los locales cierran temprano y uno se queda con miedo. La inseguridad no solo es para los vecinos, también para nosotros”, afirma. Aun así, María considera que el barrio tiene potencial de recuperación. “Si volviera el trabajo, los eventos, el movimiento, muchos podríamos dejar esta vida. La Mariscal todavía puede levantarse”.

De acuerdo a los testimonios recogidos, la situación del barrio responde a un fenómeno multifactorial, no es solo la inseguridad o el cierre de los comercios, en esto también está involucrado lo social. El sociólogo y profesor Vladimir Sierra explica que La Mariscal comenzó siendo un barrio residencial de la clase alta quiteña. Con el boom petrolero que tuvo lugar a inicios de la década de los setenta, las familias se fueron a vivir a zonas más exclusivas, eso hizo que el barrio se quede vacío. Las casas que quedaron desocupadas fueron compradas por empresarios que instalaron bares, discotecas y restaurantes.

Este cambio convirtió al sector en el centro de entretenimiento de Quito. Pero con el tiempo, esta identidad del barrio se transformó. “Los bares fueron bajando su nivel para atraer más público y hacerse rentables. Así comenzó la lumpenización del barrio. Llegaron las drogas, la prostitución y la delincuencia, y lo que era una zona elegante se volvió un espacio estigmatizado”, explica el sociólogo. 

Sierra considera que la pandemia profundizó una crisis ya existente. “Trajo una crisis económica, social y cultural. Muchos locales cerraron, los pequeños hoteles quebraron y las casas quedaron abandonadas. Hoy La Mariscal trabaja a medio gas. Lo poco que queda está muy vinculado a economías informales o ilícitas”.

Respecto al barrio visto como destino turístico, el sociólogo señala que el turismo, en su momento, dinamizó la economía, sin embargo, ahora el turismo que llega es de bajo presupuesto, lo que hace que se mantenga la precarización del sector. “Lo que vemos es una pauperización del espacio urbano”, explica. 

Ante esta situación, se podrían plantear posibles soluciones, en las que la planificación urbana y la inversión pública y privada serían esenciales. “Se podría peatonizar parte del barrio, crear hoteles boutique, buenos restaurantes, espacios culturales, pero eso requiere inversión, voluntad política y colaboración. La Mariscal necesita una nueva visión, no solo vigilancia”, manifiesta. 

Como ha ocurrido en otras ciudades del mundo, la recuperación de sectores ha sido una tarea compartida entre autoridades y habitantes. Para Diana Narváez, jefa de Cultura de la Administración Zonal La Mariscal, el barrio sigue vivo. “Hay una población flotante de más de cien mil personas; hay ferias, festivales, música y teatro. La Mariscal es un barrio cultural y en transformación constante”. Considera que la transformación debe empezar con el cambio de la percepción ciudadana. “La gente cree que aquí todo es peligroso, pero no es así. Seguridad también es poder caminar, salir con tus hijos o sentarte en un parque sin miedo. Hay que volver a habitar el espacio, no huir de él”.

Sin duda, la situación que hoy vive La Mariscal no solo se refleja en lo económico o social, sino también en el posicionamiento de su identidad. De ser el barrio de clase alta de Quito, a convertirse en zona rosa y hoy, transformarse en un conjunto de calles y edificaciones vacías que intentan sobrevivir a los cambios no planificados de la ciudad y vertiginosos del mundo.  

Quizás el renacimiento de La Mariscal no solo dependa de la inversión económica y la voluntad política, sino de quienes aún creen en su valor simbólico. Porque mientras haya alguien que la camine, la habite y la recuerde, La Mariscal no estará perdida, solo estará esperando volver a despertar.

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